viernes, 6 de mayo de 2011

La Noche

Camino por el centro de la calle  lejos de los árboles. La luz se filtra cada tanto entre las ramas, las sombras  se mueven con el viento. La noche se hace profunda, siento su respiración. Me parece que me miran cientos de ojos.
Mis pensamientos corren entre mi viejo  y los árboles.  Paso frente a la fábrica, esta oscuro, las luces  están apagadas, no hay olor a jabón, mi viejo debe estar en casa. Yo ceno a la noche con él,  me debe estar  esperando. Estará leyendo  “EL Crónica” con un vaso de tinto para acompañar.  Me quede con el cuándo  mi vieja se fue con un tipo.  Mi viejo es bueno para la cocina, se calza la musculosa, en calzoncillos con sus viejas alpargatas  y  empieza a crear,  le gusta amasar, sentir que  sus manos van  armando la pizza. A mí me gusta  entrar a la cocina y sentir el murmullo del hervor de la sopa o algún guiso, aspirar los olores a cebollas, ajos,  repollos  o adivinar entre la sinfonía de fragancias la presencia de curry, pimienta o albahaca.
En la mañana me despierto con el aroma del café que inunda la casa. Mi viejo prepara un café marrón oscuro en unos jarros  de loza. Me levanto despacito de la cama y sin  más me voy a sentar en un banco de madera de tablas de cajón que esta frente a la ventana. Mis manos se calientan con la taza y mi imaginación corre alrededor del humo del café.  Es el tiempo que hablo con mi viejo. Hablamos  de todo, sin apuro,  nos preparamos  para enfrentar el día.  Mi viejo me cuenta sus historias, algunas son buenas, el soñaba con ser aviador, yo todavía no tengo  historia vivo el presente. Pronto he de partir y mi viejo será una parte de la historia que yo cuente.
Al llegar al puente  siento correr el agua. Huelo el olor familiar  y profundo  del arroyo, me detengo y en silencio trato de escuchar los ruidos de vida que salen de él.  Desde el puente  puedo divisar la casa de techos amarillos que me espera.
Roberto  Esnaola

jueves, 5 de mayo de 2011

LA CASA DE PIEDRA

Recuerdo que pasaba a diario frente a la monumental casa de piedra. El caserón poseía un jardín, el cual empezaba en la calle, con sus troncos viejos, rugosos por el tiempo, sus grandes frondas y sus verdes oscuros. Las veredas de césped cerraban una "U" alrededor de la manzana que ocupaba la propiedad, como un tapizado muy prolijo con perfume a pasto recién cortado. La mansión se distinguía por un rock-garden instalado en su frente. Allí se habían colocado, de manera armónica, varias piedras de las que habitualmente se encuentran en la zona costera, a las que daban vida varias especies tales como begonias de distintos colores, coníferas enanas, campánulas azules, clavelinas, verónicas y muchas otras.
Sin detenerme continué hacia el fondo y allí la tierra oscura estaba húmeda. Había sectores con malezas, pilas de maderas, botellas rotas y trastos desechables. Hacia el sector izquierdo se encontraba un lavadero con caños oxidados y una vereda desnivelada. En el sector derecho un vehículo en desuso formaba la base de una pila de chatarra.
Volví al frente y descubrí a una joven recostada en un sillón al borde de una pileta, estaba inmóvil y tenía los ojos cerrados. Abrí la puerta cancel y en pocos pasos llegué hasta donde estaba. Se sorprendió y me sonrió. Aquello fue el comienzo. Le siguieron quince días en que la ví a diario, en el mismo jardín. En nuestros encuentros hablábamos de flores y pájaros, y nos contábamos cosas, o simplemente nos quedábamos callados.
JUAN CARLOS CASTELLANI

miércoles, 4 de mayo de 2011

Se me agotaron las palabras. Todavía no entendía que hacia otra vez allí, en su departamento siempre tan despojado.
Miré la pequeña ventana tan blanca, tan fría, tan mojada. Vino por detrás y me tomó por la cintura y logró que recuerde que hacía en ese lugar. Me dio una copa de cogñac, bebí despacio y me senté en el mismo sillon que habíamos comprado hace 10 años atrás.

Él se arrodilló, levantó mi falda y pude sentir como sus manos se deslizaban por mis temblorosas piernas. Busqué su boca y luego la esquivé.
¿Como transcurrió lo demás? Ni yo lo sé. Creo que desperté al cabo de unas horas, que prendí un cigarrillo y que me vestí con una camisa que todavía tenía su perfume y que estaba tirada al pie de una lámpara que poco alumbraba.

Volví a recostarme, lo miré y vi como los años estaban marcando su cara. Siempre me gustaron sus arrugas pequeñas al costado de los ojos y su barba a medio crecer.
Ya estaba obscuro y la tarde culminó con un dormitar en el que sin querer acarició mis pies con los suyos y los corrió inmediatamente como queriendo borrar lo que acababa de hacer o como queriendo dejar atrás  todo lo que había sucedido.
Marian Gibelli

martes, 3 de mayo de 2011

La Noche

Camino por el centro de la calle  lejos de los árboles. La luz se filtra cada tanto entre las ramas, las sombras  se mueven con el viento. La noche se hace profunda, siento su respiración. Me parece que me miran cientos de ojos.
Pienso en el silencio de la noche. Paso frente a la fábrica, esta oscuro, las luces  están apagadas, no hay olor a jabón, mi padre debe estar en casa. Cuando mi madre se fue con un tipo, yo me quede con él.  Con mi viejo solo  hablo de deportes. A mí me gusta  cursar alguna materia en la UBA y estar con  amigos. Mi padre está contento con su trabajo en la fábrica, luego va al sindicato. En algún día no muy lejano voy a partir.
Mis pensamientos corren entre María  y los árboles.  No hay ruidos en su casa,  ella duerme. Con ella me entiendo bien, con una sola mirada nos decimos todo. Algunas veces nos brotamos y derrapamos  pero pronto volvemos a lo nuestro. Esta noche dejaría de comer con tal de apretarme  junto a ella. Si consigo el trabajo de Adjunto podríamos vivir juntos. De la noche parece un perro grande que me ladra  sin entender porque  sonrió. 
Al llegar al puente  siento correr el agua. Huelo el olor familiar  y profundo  del arroyo, me detengo y en silencio trato de escuchar los ruidos de vida que salen de él.  Desde el puente puedo divisar la casa de techos amarillos que me espera.
Roberto  Esnaola

Escena. Por Mariano

Hay un cartel nuevo sobre la avenida. Detenido entre los autos calculo ¿qué brilla más?¿el cielo en el atardecer de abril o las luces de neón?
Espero el semáforo, ya hace frío. En la radio suena música vieja. Un acorde, un recuerdo. Hendrix, Patricia en la playa; Purple Haze, un verano en La Paloma.
Cambia el semáforo. ¿Qué remedio me había pedido Gabriela para los chicos?

domingo, 1 de mayo de 2011

Aída María Bengochea escribió...

Ejercicio No. 2 - El párrafo


El vientoytierra se anunciaba en días de verano en que la calma solía ser más que chicha; sin embargo, siempre nos tomaba desprevenidas. Esa tarde, como de costumbre después de una siesta a medias, mi hermana y yo salimos a la vereda, acompañadas por la abuela. La vimos acomodar su sillón de mimbre para iniciar la escena eternamente ensayada de respetable señora. Nosotras, entretanto, comenzamos a rastrillar la cuadra a triciclo, mientras repartíamos “adioses” entre vecinos que respondían estoicos a la excesiva muestra de educación. Sólo detuvimos pedaleo y habla cuando el regador pasó entregando a cuentagotas olor a tierra mojada, y nos dispusimos a saltar el chorrillo como si de un río se tratase.

Debimos haber advertido, esa tarde, que el aguatero a motor no había conseguido refrescar ni un poco el pequeño mundo de nuestra cuadra. De tanto jugar bajito, tampoco percibimos que la noche se iba cerrando anticipadamente, con un calor de trópico. Y, por si fuera poco, con nuestros saludos a repetición, tapamos el ulular de fantasmas que se acercaba por lo alto.

Un segundo más y el viento desarmó sin conmiseración el cuadro previsible y siempre repetido de la vida cotidiana. Al primer ademán de la abuela por auxiliar a mi hermana, le voló el sillón y lo depositó en la esquina, envuelto en un remolino oscuro de partículas en desorden. A mí, me dejó bajo el triciclo, casi a resguardo de él mismo, como si supiera de mi terror atávico a las tormentas. Las puertas de las casas cumplieron, casi al unísono, su cometido de cerrarle el paso. Se quedó afuera sibilante, revoloteando, rasguñándonos la piel. Fue un rato, nomás, pero como siempre, una vez más, el vientoytierra nos ganó de mano.


Diana Isabel Hernández escribió...


15/12/2010

La mala noticia es que las cucarachas no se mueren ni con el veneno, ni tirándoles jabón en polvo, ni ahogándolas en la pileta. La buena es que una planta está viviendo en el baño.

La noche se me hace tan larga, que me parece ver cómo salen las raíces del potus en el vaso de vidrio.

¿Para qué tomé tanto mate hoy? Para callar el hambre. No quiero engordar, por eso anoche mi cena fue una manzana. Hoy, además de la fruta, tomé agua fría y me comí una nuez grande de la canasta navideña.

No sé qué hora es, ayer dormí mucho y ahora  siento más los ruidos de la calle y del edificio. Esta mañana tenía muchas frases poderosas para escribir, pero después no se me dio la gana, maldita navidad. 

No tengo sueño y debería tenerlo; mañana tengo que ir a trabajar en ese lugar donde, por las fiestas, me dieron una canasta con vino, fiambres, quesos caros y frutos secos.