lunes, 9 de mayo de 2011

Escena Claudio 1. Espacio se busca y rebusca.

Espacio se busca y rebusca. Son las 17.55 hs de una tarde soleada. Estoy ansioso por ocupar un espacio. Moviendo  simultaneas veces, dando giros infinidad de veces con la fantasía del encuentro y poco concentrado en los mismos.
Solo estaba repensando ese momento por venir, hasta que sin pensarlo entre movimiento y movimiento baje mi ansiedad.
Algo ya había ocurrido para el momento ocupar un lugar.
Al sentirme menos comprimido escuchaba el sonar de la naturaleza desde el cielo hasta por el piso constantemente a medida de estar más cerca.
Cuando vi todas las luces y colores solo procure encontrar el password correcto donde se vea al mismo momento.
La alegría del password pasó a segundo plano cuando ya había encontrado ese espacio para intentar ocupar. Las miradas eran parecidas al password.
Las palabras le dibujaban un perfil más sensual que en su inicio, se iban instalando en la mente y cuerpo de cada uno.
Eso no se podía simular pasado el tiempo el password era más profundo y confiable.
Entre sílabas y sílabas se agitaba el password que pasaba a movilizar todas las sensaciones del cuerpo y aquellos que pasaba por nuestras mentes origen de este espacio.
Fuimos alternando entre oído y boca ambos cosa que nos hacia poner como un atardecer de verano.
Los cuerpos movían incesantemente eso que se nota desde el comienzo con una intensidad que solo ese sol de verano mostraba más el recorrido del encuentro.
Entre refrescarse y caliente fue como algo jamás pensado.
Estuvimos ocupando ese espacio un gran tiempo sin siquiera tomar conocimiento que algo más que deseado se había instalado.
Al darnos cuenta enfrentamos los movimientos y decidimos volver a tener un espacio ya ocupado..Mismo password la próxima ?
Escrito por Claudio.

domingo, 8 de mayo de 2011

Escena 1

La tarde cae en calma, el agua tibia y transparente acaricia nuestras pisadas. Las  huellas se desvanecen sobre nuestro andar en las arenas blancas. Una palmera intenta recostarse sobre el mar, pero por más que se esfuerce no puede.
Se hace tarde, es momento de salir de  la playa para adentrarnos en la aldea. El sendero angosto de adoquines del siglo 15 nos envuelve transportándonos en el tiempo,  estámos solos, caminando en un lugar donde ha cada paso nos sorprende y nos resulta extrañamente hermoso.

El silencio nos invade, nos llega. No me resulta extraño, es más, creo que lo estábamos esperando. Como una brisa me acaricia y me penetra, pero esta vez es diferente. Me detengo, te detienes. Me miras a los ojos y me susurras al oído: Ya es hora…

viernes, 6 de mayo de 2011

Andrés Martínez Betancourh escribió...

Para poder creer lo que significa volar en avión para mi basta con verme, se me llena la piel de sudor,  pierdo el color y gano otros, me hablan y entiendo poco. Ese día iba solo, sin ningún familiar que me tranquilizara. Esperé sentado en la helada sala del aeropuerto de bogotano, mirando con nervios los aviones que despegaban. Solo el frío de esa sala pudo evitar que me deshidratara en sudor. Yo presentía que algo iba a pasar.

Después de un corto chequeo pude ingresar al avión, y en cuanto me senté la paranoia de catástrofe entró en mí. No quería que el avión despegara, pero tampoco podía bajarme. El destino era la ciudad de Armenia; y por lo general ese vuelo no dura más de treinta minutos. Es un sube y baja inmediato. Y entonces despegó… ¿Por qué no existe otra forma de volar, por qué hay que sufrir con los despegues?, ¡Agua, por favor!, que estoy seco. No habían pasado tres minutos y ya estaba viendo en mi ventana a la muerte. El avión partió mal y empezó a desviarse. Bogotá iba a recibir mi cadáver asustado y deshidratado.

Fueron dos minutos de desorden. Casi nadie gritó porque casi todos eligieron sentarse en la hilera afortunada con vista al cielo. Para mi fueron minutos eternos, casi como medio día. Alcancé incluso a calcular en qué zona de la ciudad caería; qué iban a decir de nosotros en las noticias, ¿mostrarían mi foto?; también visualicé el sufrimiento de mis padres, los comentarios de mis amigos, todo; hasta la pena de soltería de quien sería mi esposa en el futuro, ¿Se habría casado con otro?. La mente vuele. En cuanto llegué a mi ciudad besé el suelo.

La Noche

Camino por el centro de la calle  lejos de los árboles. La luz se filtra cada tanto entre las ramas, las sombras  se mueven con el viento. La noche se hace profunda, siento su respiración. Me parece que me miran cientos de ojos.
Mis pensamientos corren entre mi viejo  y los árboles.  Paso frente a la fábrica, esta oscuro, las luces  están apagadas, no hay olor a jabón, mi viejo debe estar en casa. Yo ceno a la noche con él,  me debe estar  esperando. Estará leyendo  “EL Crónica” con un vaso de tinto para acompañar.  Me quede con el cuándo  mi vieja se fue con un tipo.  Mi viejo es bueno para la cocina, se calza la musculosa, en calzoncillos con sus viejas alpargatas  y  empieza a crear,  le gusta amasar, sentir que  sus manos van  armando la pizza. A mí me gusta  entrar a la cocina y sentir el murmullo del hervor de la sopa o algún guiso, aspirar los olores a cebollas, ajos,  repollos  o adivinar entre la sinfonía de fragancias la presencia de curry, pimienta o albahaca.
En la mañana me despierto con el aroma del café que inunda la casa. Mi viejo prepara un café marrón oscuro en unos jarros  de loza. Me levanto despacito de la cama y sin  más me voy a sentar en un banco de madera de tablas de cajón que esta frente a la ventana. Mis manos se calientan con la taza y mi imaginación corre alrededor del humo del café.  Es el tiempo que hablo con mi viejo. Hablamos  de todo, sin apuro,  nos preparamos  para enfrentar el día.  Mi viejo me cuenta sus historias, algunas son buenas, el soñaba con ser aviador, yo todavía no tengo  historia vivo el presente. Pronto he de partir y mi viejo será una parte de la historia que yo cuente.
Al llegar al puente  siento correr el agua. Huelo el olor familiar  y profundo  del arroyo, me detengo y en silencio trato de escuchar los ruidos de vida que salen de él.  Desde el puente  puedo divisar la casa de techos amarillos que me espera.
Roberto  Esnaola

jueves, 5 de mayo de 2011

LA CASA DE PIEDRA

Recuerdo que pasaba a diario frente a la monumental casa de piedra. El caserón poseía un jardín, el cual empezaba en la calle, con sus troncos viejos, rugosos por el tiempo, sus grandes frondas y sus verdes oscuros. Las veredas de césped cerraban una "U" alrededor de la manzana que ocupaba la propiedad, como un tapizado muy prolijo con perfume a pasto recién cortado. La mansión se distinguía por un rock-garden instalado en su frente. Allí se habían colocado, de manera armónica, varias piedras de las que habitualmente se encuentran en la zona costera, a las que daban vida varias especies tales como begonias de distintos colores, coníferas enanas, campánulas azules, clavelinas, verónicas y muchas otras.
Sin detenerme continué hacia el fondo y allí la tierra oscura estaba húmeda. Había sectores con malezas, pilas de maderas, botellas rotas y trastos desechables. Hacia el sector izquierdo se encontraba un lavadero con caños oxidados y una vereda desnivelada. En el sector derecho un vehículo en desuso formaba la base de una pila de chatarra.
Volví al frente y descubrí a una joven recostada en un sillón al borde de una pileta, estaba inmóvil y tenía los ojos cerrados. Abrí la puerta cancel y en pocos pasos llegué hasta donde estaba. Se sorprendió y me sonrió. Aquello fue el comienzo. Le siguieron quince días en que la ví a diario, en el mismo jardín. En nuestros encuentros hablábamos de flores y pájaros, y nos contábamos cosas, o simplemente nos quedábamos callados.
JUAN CARLOS CASTELLANI

miércoles, 4 de mayo de 2011

Se me agotaron las palabras. Todavía no entendía que hacia otra vez allí, en su departamento siempre tan despojado.
Miré la pequeña ventana tan blanca, tan fría, tan mojada. Vino por detrás y me tomó por la cintura y logró que recuerde que hacía en ese lugar. Me dio una copa de cogñac, bebí despacio y me senté en el mismo sillon que habíamos comprado hace 10 años atrás.

Él se arrodilló, levantó mi falda y pude sentir como sus manos se deslizaban por mis temblorosas piernas. Busqué su boca y luego la esquivé.
¿Como transcurrió lo demás? Ni yo lo sé. Creo que desperté al cabo de unas horas, que prendí un cigarrillo y que me vestí con una camisa que todavía tenía su perfume y que estaba tirada al pie de una lámpara que poco alumbraba.

Volví a recostarme, lo miré y vi como los años estaban marcando su cara. Siempre me gustaron sus arrugas pequeñas al costado de los ojos y su barba a medio crecer.
Ya estaba obscuro y la tarde culminó con un dormitar en el que sin querer acarició mis pies con los suyos y los corrió inmediatamente como queriendo borrar lo que acababa de hacer o como queriendo dejar atrás  todo lo que había sucedido.
Marian Gibelli

martes, 3 de mayo de 2011

La Noche

Camino por el centro de la calle  lejos de los árboles. La luz se filtra cada tanto entre las ramas, las sombras  se mueven con el viento. La noche se hace profunda, siento su respiración. Me parece que me miran cientos de ojos.
Pienso en el silencio de la noche. Paso frente a la fábrica, esta oscuro, las luces  están apagadas, no hay olor a jabón, mi padre debe estar en casa. Cuando mi madre se fue con un tipo, yo me quede con él.  Con mi viejo solo  hablo de deportes. A mí me gusta  cursar alguna materia en la UBA y estar con  amigos. Mi padre está contento con su trabajo en la fábrica, luego va al sindicato. En algún día no muy lejano voy a partir.
Mis pensamientos corren entre María  y los árboles.  No hay ruidos en su casa,  ella duerme. Con ella me entiendo bien, con una sola mirada nos decimos todo. Algunas veces nos brotamos y derrapamos  pero pronto volvemos a lo nuestro. Esta noche dejaría de comer con tal de apretarme  junto a ella. Si consigo el trabajo de Adjunto podríamos vivir juntos. De la noche parece un perro grande que me ladra  sin entender porque  sonrió. 
Al llegar al puente  siento correr el agua. Huelo el olor familiar  y profundo  del arroyo, me detengo y en silencio trato de escuchar los ruidos de vida que salen de él.  Desde el puente puedo divisar la casa de techos amarillos que me espera.
Roberto  Esnaola